Morelia Michoacán a 22 de agosto de 2026.- Durante años, muchas comunidades originarias dependían de que el ayuntamiento quisiera atenderlas. Tenían que gestionar, insistir y esperar para conseguir, con suerte, una obra al año.
El presupuesto directo cambió esa lógica: hoy hay comunidades que con sus propios recursos pueden hacer cinco, seis o siete obras, porque son ellas mismas las que deciden qué necesitan primero y cómo hacerlo.
Carlos Torres Piña lo ha explicado de una manera muy sencilla: cuando el recurso llega directamente a la comunidad, rinde más porque vuelve a aparecer algo que la política institucional había olvidado, la faena. La gente participa, aporta trabajo, cuida la obra y hace comunidad.
No es solamente una forma de administrar presupuesto; es una manera distinta de hacer política pública.
Eso es parte de lo que Torres Piña encuentra y escucha cuando regresa a las comunidades.
Hay reconocimiento por lo que se ha avanzado, pero también nuevas demandas. Una de ellas es que los autogobiernos tengan mayor coordinación con las autoridades estatales y federales en materia de seguridad, respetando sus formas de organización y fortaleciendo sus capacidades para cuidar el territorio.
También aparece con fuerza el acceso a la salud. Las comunidades quieren que la autonomía no termine en el presupuesto: quieren médicos, medicamentos, atención cercana y servicios que respondan a las condiciones reales de sus regiones. Son demandas concretas que muestran que el autogobierno también está entrando en una nueva etapa.
Ahí se entiende mejor la cercanía que hoy se reconoce en Torres Piña. No es solamente estar presente: es conocer cómo funcionan las comunidades, haber acompañado sus procesos y regresar para escuchar qué sigue.
Y quizá una de las lecciones más importantes de esta experiencia sea justamente esa: cuando se confía en la comunidad, el recurso alcanza más, la gente participa más y el gobierno funciona mejor.

