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Austeridad de aparador: Morena y sus tribus el poder por encima de Michoacán

Por Roberto Carlos Guevara 

Morelia Michoacán a 21 de febrero de 2026.-  En Michoacán la semana no ha estado marcada por anuncios de gobierno ni por soluciones de fondo, sino por los dimes y diretes entre los grupos afines a Morena. Unos escudriñan a otros, mientras los señalados intentan defender lo indefendible. La escena es clara: la lucha interna por el control político está pesando más que la gobernabilidad.

Las llamadas “tribus” morenistas han terminado por desgastar la política interna del estado. En lugar de cohesión, hay confrontación; en lugar de estrategia, hay cálculo. Y en medio de esa disputa, la administración pública queda atrapada en un juego de intereses donde lo urgente pasa a segundo plano.

El asesinato de Carlos Manso avivó aún más la confrontación. Las acusaciones y señalamientos han alcanzado incluso a su esposa, hoy presidenta municipal de Uruapan.

El hecho, que debería unir a las fuerzas políticas en torno a la exigencia de justicia y seguridad, se convirtió en un nuevo frente de batalla entre corrientes internas.
Mientras tanto, en la calle el discurso es otro.

En el transporte público, en los mercados, en las tiendas de barrio, la conversación gira en torno a la inseguridad y a la economía.

La gente habla de inflación, de salarios que no alcanzan, de un aumento al mínimo que no logra compensar el encarecimiento diario.

La percepción es que el gobierno insiste en una narrativa optimista que no empata con la realidad doméstica.

El problema de fondo no es solo político, es de prioridades. Cuando la clase gobernante concentra su energía en no soltar el poder, descuida la obligación básica de gobernar. Y la oposición, paso a paso, avanza capitalizando el desgaste.

De cara a 2027, el escenario comienza a configurarse desde ahora. Si Morena no recompone su unidad interna y no cambia el enfoque hacia resultados tangibles en seguridad y economía, el costo político puede ser alto.

La ciudadanía no pide discursos ni culpas cruzadas: exige estabilidad, crecimiento y paz.
Michoacán merece algo más que una disputa permanente por posiciones. Su gente necesita resultados.

Y el tiempo político corre más rápido de lo que muchos creen.En Michoacán la política dejó de ser debate para convertirse en confrontación interna.

Los dimes y diretes entre grupos afines a Morena no solo exhiben fracturas: evidencian una lucha abierta por el control del partido y del poder público.

A la ya marcada tensión entre corrientes morenistas se suman ahora los señalamientos cruzados entre la presidenta Grecia —en el epicentro de la discusión pública— y el grupo político que encabeza Raúl Morón Orozco, junto a su estructura interna. Las acusaciones van y vienen: unos hablan de traiciones y exclusiones; los otros responden con señalamientos de ambición desmedida y control faccioso.

El asesinato de Carlos Manso tensó aún más el ambiente político, alcanzando incluso a su esposa, hoy presidenta municipal de Uruapan. Lo que debió ser un momento de unidad institucional se transformó en un nuevo campo de batalla entre grupos que, en teoría, comparten siglas y proyecto.

El trasfondo es evidente: nadie quiere soltar espacios. Cada declaración pública parece calculada no para resolver, sino para posicionarse rumbo a 2027. Mientras tanto, la gobernabilidad se erosiona. La energía política se consume en disputas internas cuando la agenda ciudadana exige respuestas urgentes.

En la calle, la conversación es distinta. Seguridad y economía dominan el ánimo social. La inflación golpea los hogares, el salario mínimo no compensa el aumento constante de precios y la percepción de inseguridad no cede. Sin embargo, desde las cúpulas partidistas el foco parece estar más en la sucesión que en las soluciones.

Morena enfrenta un dilema claro en Michoacán: o recompone la unidad y redefine prioridades, o permitirá que el desgaste interno abra la puerta a una oposición que avanza silenciosamente.

La política del “fuego amigo” rara vez termina bien para quien gobierna.

La pregunta es simple: ¿seguirán las tribus imponiendo su agenda o finalmente pondrán a Michoacán por encima de sus ambiciones? El tiempo político no espera, y la ciudadanía tampoco.

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