Por Roberto Carlos Guevara
Morelia Michoacán a 10 de marzo de 2026.- En la política mexicana hay algo que se ha vuelto cada vez más común: los números milagro. Cifras que aparecen de la nada, porcentajes casi perfectos que pretenden demostrar que la mayoría absoluta de los mexicanos respalda todas y cada una de las decisiones del gobierno.
Esta vez el tema es la reforma electoral, y nuevamente desde Morena se lanzan números espectaculares: 87%, 80%, 83%, 84% y hasta 86% de aprobación ciudadana.
Pero la pregunta que cada vez más mexicanos se hacen es simple y directa: ¿de dónde salen esas cifras?
Porque lo cierto es que, cuando se habla de las famosas encuestas que presume Morena, casi nunca se presenta información clara sobre su origen.
No se conocen las casas encuestadoras responsables, no se transparenta la metodología utilizada, no se detalla el tamaño de la muestra, ni las regiones donde se levantaron las entrevistas.
Tampoco se explica el margen de error ni la forma en que se seleccionaron a los participantes.
En cualquier país con prácticas democráticas serias, una encuesta debe presentar datos verificables. Las empresas que se dedican a medir la opinión pública suelen publicar su metodología completa: quién realizó el estudio, cuántas personas participaron, en qué fechas se realizó el levantamiento y cuál es el margen de confiabilidad de los resultados.
Es la única forma de darle credibilidad a las cifras.
Sin embargo, en el caso de las encuestas que Morena utiliza constantemente para justificar sus decisiones políticas, lo único que se presenta son los porcentajes finales. Números redondos, llamativos, pero sin sustento visible ante la ciudadanía.
Esto abre la puerta a una sospecha legítima: más que estudios serios de opinión pública, estas cifras parecen formar parte de una estrategia de propaganda política. Una narrativa diseñada para repetir constantemente que “la mayoría del pueblo” está de acuerdo con todo lo que propone el partido en el poder.
El problema de esta práctica es que intenta sustituir el debate democrático por la imposición de una percepción. Si se repite suficientes veces que el 80 o el 90% de los mexicanos aprueban algo, se busca crear la sensación de que cualquier crítica o desacuerdo es minoritario, irrelevante o incluso ilegítimo.
Pero la democracia no funciona así. La democracia se construye con debate, con pluralidad de opiniones y con información verificable, no con cifras infladas o encuestas que nadie puede revisar.
Resulta todavía más contradictorio cuando el mismo gobierno que presume una supuesta “austeridad republicana”, e incluso una “austeridad franciscana”, destina recursos importantes para promover narrativas políticas que terminan funcionando como herramientas de propaganda.
Mientras se insiste en el discurso de la austeridad, se invierte tiempo, estructura y dinero en posicionar encuestas que nunca se explican ni se transparentan.
La historia política del país ha demostrado que cuando el poder intenta imponer su propia versión de la realidad, tarde o temprano termina enfrentándose con la percepción verdadera de la ciudadanía. Porque los mexicanos pueden escuchar discursos y ver cifras, pero también viven la realidad diaria del país: la economía, la seguridad, los servicios públicos y las decisiones políticas que impactan su vida cotidiana.
Por eso, cuando se presentan porcentajes tan elevados de aprobación, la ciudadanía tiene derecho a exigir algo muy simple: transparencia. Saber quién hizo la encuesta, cómo se hizo, a quién se preguntó y bajo qué condiciones.
Sin esa información, las famosas encuestas de Morena se quedan en lo que muchos ya consideran: encuestas fantasma. Números que aparecen en discursos y conferencias, pero que no pueden ser verificados por nadie.
Al final, lo que queda es una estrategia política que parece apostar más por la propaganda que por la transparencia. Una fórmula vieja en la política: repetir números espectaculares, presumir apoyos masivos y alimentar la narrativa de que todo marcha perfectamente.
Pero la democracia mexicana merece algo más que porcentajes misteriosos. Merece honestidad, claridad y respeto por la inteligencia de los ciudadanos.
Porque gobernar con encuestas inventadas puede servir para el discurso político… pero no para construir confianza en una democracia real.

